Ficha técnica
Acto de entrega de la Medalla Internacional de las Artes de la Comunidad de Madrid a título póstumo a Mario Vargas Llosa en la Real Casa de Correos, sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid. Álvaro Vargas Llosa ha agradecido el reconocimiento y en su discurso ha recordado la última etapa del escritor en Madrid: "en su última etapa, antes de ir a morir al otro lado del charco, salió todos los días a recorrer las calles de Madrid. Sobre todo el viejo Madrid de los Austrias, el Madrid de las novelas de Pío Baroja, que era el Madrid que a él le gustaba y donde vivía. Tuve el honor enorme de acompañarlo. No era fácil, sus fuerzas ya flaqueaban, lo acosaba una prensa, debo decirlo con cariño, muy invasora y sin embargo persistió en esta costumbre, en este hábito cotidiano de recordar las calles del viejo Madrid". Palabras de Álvaro Vargas Llosa: - Muy buenos días, señora Presidenta de la Comunidad de Madrid, señor Consejero de Cultura, Turismo y Deporte, miembros del Gobierno de la Comunidad de Madrid, queridos amigos de la Fundación Internacional para la Libertad y la Cátedra Vargas Llosa y queridos amigos. Estoy doblemente agradecido, Presidenta, porque no solamente recibo en nombre de mi padre este altísimo honor en la forma de esta medalla, la Medalla Internacional de las Artes, sino también porque mi padre decía siempre que los homenajes en vida te convertían en una estatua, pero en cambio los homenajes póstumos te devuelven a la vida, de manera que por unos instantes hoy en que se cumple el primer aniversario de su fallecimiento, precisamente hoy lo devuelves a la vida por lo menos por unos momentos, de manera que te lo agradezco muchísimo. Ha pasado un año y es una ausencia que se nota a ambos lados del charco, la notamos sus seres próximos, sus seres queridos, nuestra vida se ha vuelto un poco más pequeña, un poco más pobre, un poco más vacía, también un poquitín más aburrida, pero sobre todo lo que hace falta, más allá del círculo de sus seres próximos, es al gran compañero de batallas, al gran orientador cultural, en una etapa en que ciertos valores que él encarnaba, no sé si pierden vigencia, pero por lo menos están padeciendo muchas amenazas desde muchos lados del mundo, incluida la propia España, y la ausencia de mi padre se nota mucho. Echamos en falta su compañía y su orientación, quienes tenemos a esos valores como algo fundamental en la vida. ¿Qué era mi padre? Era un hombre de libertad y era un hombre de cultura. Esos 12 meses que no todo el mundo sabe asociar. Por eso creo que uno de los ensayos más importantes que escribió es el que se titula precisamente la cultura de la libertad y la libertad de la cultura. Explica hasta qué punto ambas cosas forman parte de un mismo todo. La libertad sin cultura pierde su esencia, queda reducida a su dimensión económica y la libertad es mucho más que eso. La libertad es una causa moral. De manera que hay cultura y libertad, pero la cultura sin libertad se vuelve silencio, censura, propaganda. La libertad es una causa moral. Mi padre pensaba que ambas cosas eran fundamentales y dedicó una gran parte de su vida precisamente a eso, a ser de la cultura y de la libertad hermanos siameses. Mi padre era, como saben ustedes muy bien, esto no es un secreto para nadie, un liberal. ¿Qué clase de liberal era? Era un liberal que practicaba la tolerancia, el respeto hacia el otro. Por eso quizá la mejor definición que hay para describir lo que era el liberalismo de mi padre es la de Schumpeter, un gran pensador de la libertad austríaco, que fue también ministro de economía de Austria, y que decía que ser liberal es darse cuenta del valor relativo de las convicciones propias y no obstante defenderlas con mucha determinación, es decir, resueltamente. Hacía eso, tenía convicciones muy profundas, pero también un sentido de la validez relativa de esas convicciones que estaba dispuesto a actualizar y a corregir constantemente, pero cuando tocaba defenderlas frente a la adversidad y frente a la hostilidad de los demás, lo hacía con personalidad y con resolución. Por eso admiraba mucho a los liberales de la tolerancia, a Karl Popper, por ejemplo. Karl Popper habló de muchas cosas. De dos que mi padre tenía siempre muy presentes. Una de ellas, lo que llamaba la ingeniería utópica, y otra lo que llamaba el político artista. Dos conceptos que Popper combatía muy resueltamente. ¿Por qué? Porque la ingeniería utópica consistía en la idea de que un hombre o mujer, todopoderosos, podían moldear la naturaleza humana para hacer de la sociedad algo así como el reflejo de sus propias convicciones, de sus propios caprichos. La ingeniería utópica fue uno de los grandes enemigos de la libertad a lo largo de todo el siglo XX y Popper fue una de las personas que con mayor lucidez puso esto en evidencia. Pero también combatió al político artista. ¿Qué significa el político artista? El político artista es como aquel artista que quiere empoderarse. Con el lienzo en blanco, que cree que el mundo empieza con él o con ella, que nada más de lo ocurrido hasta entonces existe. Pero que no contento o contenta con ello, quiere también crear la obra perfecta. Una obra tan perfecta que el fin justifica los medios, es decir, la utilización, el empleo de la violencia, de la intolerancia, de la represión. Para alcanzar el objetivo, de manera que Popper combatió también al político artista. Lo que quería era políticos más humildes, con un sentido de los límites que impone la libertad del otro y que impone la naturaleza humana en toda su complejidad. También admiraba a otro liberal tolerante, que era Isaías Berlín, que dijo también muchas cosas importantes, pero que estuvo presidido en cierta forma. Por una idea que mi padre hizo suya, la de las verdades contradictorias, decía Isaías Berlín que una de las de los objetivos que persiguen los totalitarios es tratar de hacer compatibles fines que no lo son que no lo son si uno intenta llevarlos a extremos por ejemplo la libertad y la igualdad hemos descubierto y el precio ha sido mucha sangre que ha corrido a lo largo de los siglos y especialmente se refería al siglo 20 que no siempre los fines nobles son compatibles entre sí que quien persigue la libertad y la igualdad tarde o temprano se dará cuenta de que habrá que sacrificar una en favor de la otra y que si uno quiere la perfección tendrá que sacrificar la libertad y que si uno persigue la libertad tendrá que aceptar que en aras de esa libertad habrá que aceptar, habrá que convivir cohabitar con una cierta desigualdad que no impide ni mucho menos que toda la sociedad prospere. Esta idea que parece tan simple es una idea compleja y muy difícil de aceptar pero es una idea profundamente arraigada en una actitud en un talante de tolerancia que era el que representaba a Isaías Berlín. Ese era el tipo de liberal que mi padre encarnaba. Mi padre fue hijo de dos tradiciones liberales, una hispanoamericana y otra española. La hispanoamericana, por ejemplo, de Francisco de Miranda, el precursor de la independencia, un gran venezolano o de Cosío Villegas, un gran mexicano que encarnó la independencia. Los ideales originales de la Revolución Mexicana, que se torcieron atrozmente a lo largo del siglo XX y, por ejemplo, de sus contemporáneos como Octavio Paz, que definió a la dictadura del PRI como el ogro filantrópico o de Carlos Rangel, de cuya obra maestra del buen salvaje al buen revolucionario se acaban de cumplir 50 años. Mi padre pertenecía a esa tradición liberal, pero también pertenecía a otra tradición liberal, a este lado del charco. La tradición liberal de la escuela de Salamanca, la tradición liberal de Jovellanos, la de Foronta, Valentín de Foronta, y más para acá la de Madariaga y la de Marañón y la de Ortega y la de tantos pensadores de libertad españoles cuyas lecciones y cuyas enseñanzas tienen hoy más vigencia que nunca. Mi padre pertenecía a esas tradiciones y las hacía suyas constantemente. Porque creía que mantenerlas en valor, mantenerlas en vigencia y con vigencia representaba una de las formas de resistir en estos tiempos en que la libertad está bajo tantas amenazas. Mi padre fue también un adelantado en cierta forma. Una de las cosas que admiré en él fue esa integridad intelectual que lo llevó a defender causas que eran impopulares cuando no estaba de moda hacerlo. Era una persona que observaba antes de tiempo tendencias que se iban formando en la sociedad o en la vida cultural, en la vida intelectual y cuando sentía un peligro las combatía y lo hacía por supuesto en una gran soledad. Yo nací a la conciencia política, siempre lo digo, siendo una persona muy joven, viendo a mi padre acribillado por el hecho de haber roto con la revolución cubana cuando no estaba de moda hacerlo. He convertido en una especie de bestia negra de la revolución durante tanto tiempo. Luego esa causa ya fue, a medida que la realidad fue haciéndose evidente, menos solitaria, estuvo mejor acompañada, pero durante muchos años mi padre batalló en soledad. Tampoco olvido la soledad de su combate contra el chavismo, desde el primer segundo, del primer minuto, de la primera hora, del primer día del chavismo, cuando todavía había la ingenua idea...incluso entre algunos liberales alrededor del mundo, de que aquel experimento podía llegar a buen puerto. Mi padre, me honro en decir esto hoy, combatió a ese mal desde el primer instante. De manera que fue un adelantado. Y para terminar, querida presidenta, fue también un madrileño. Cuando se incorporó a la Real Academia Española, don Camilo José Cela...Le tocó responder al discurso de incorporación de mi padre. Dijo de él que era un español de Perú. Yo, añado, era un madrileño de Perú. En su última etapa, antes de ir a morir al otro lado del charco, salió todos los días a recorrer las calles de Madrid. Sobre todo el viejo Madrid de los Austrias, el Madrid de las novelas de Pío Baroja, que era el Madrid que a él le gustaba y donde vivía. Tuve el honor enorme de acompañarlo. No era fácil, sus fuerzas ya flaqueaban, lo acosaba una prensa, debo decirlo con cariño, muy invasora y sin embargo persistió en esta costumbre, en este hábito cotidiano de recordar las calles del viejo Madrid. Y cada vez que pasaba por la Puerta del Sol y por la Real Casa de Correos, a pesar de que vivía muy desalumbrado por la sensación de que la causa de la libertad en España estaba bajo asedio, sonreía presidenta, porque decía allí está la esperanza de España. Muchísimas gracias".
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